Recientemente platicaba con un amigo y discutiamos como ciertas cosas que están pasando en el mundo resultaban muy desalentadoras, pero después llegué a pensar que también es profundamente esperanzador en comprender cómo funciona el mundo. Y aunque solemos asociar el pensamiento crítico con la duda, la incertidumbre y, en ocasiones, el pesimismo, también existe una forma de inteligencia que nos permite descubrir posibilidades donde aparentemente sólo existen obstáculos. A eso lo llamo un optimismo intelectual.
No se trata de pensar positivamente ni de ignorar las dificultades. Se trata de estudiarlas con suficiente profundidad como para descubrir que muchas de las condiciones que consideramos inamovibles pueden transformarse. Que los mercados, las estructuras productivas y las relaciones económicas no son leyes de la naturaleza, sino construcciones humanas que pueden reorganizarse.
En nuestro proyecto actual de fabricación de reclinables hemos encontrado una expresión muy concreta de esta idea. Durante décadas hemos visto cómo la industria mexicana del mueble ha perdido terreno frente a la importación masiva de productos chinos. Una batalla aparentemente desigual, donde las diferencias de escala, los costos industriales y la capacidad comercial de los grandes importadores parecen dejar pocas posibilidades al fabricante nacional.
Desde una mirada superficial, el diagnóstico podría ser desalentador: competir contra semejante maquinaria productiva parece una batalla perdida antes de comenzar. Pero cuando comenzamos a estudiar con mayor profundidad la estructura de costos, los procesos de fabricación, las cadenas de suministro, los márgenes de intermediación y las nuevas posibilidades de comercialización, empezamos a descubrir algo extraordinario: la desigualdad de condiciones no necesariamente significa la imposibilidad de competir.
La información que en un principio parecía confirmar nuestras desventajas comenzó a revelar oportunidades. Comprendimos que no necesitábamos reproducir el modelo industrial chino: precio, precio, precio, sino construir uno propio, aprovechando nuestras capacidades productivas, nuestra cercanía con el consumidor, la flexibilidad de fabricación y nuevas formas de acceder directamente al mercado y lo más importante, quitar de en medio todo lo que no genera valor a las personas.
Y entonces ocurrió algo interesante: cuanto más entendíamos el problema, más optimistas nos volvíamos.
No porque desaparecieran las dificultades, sino porque empezamos a encontrar caminos concretos para enfrentarlas. Lo que parecía una lucha determinada exclusivamente por el precio comenzó a convertirse en un problema de diseño mucho más amplio: diseño del producto, de los procesos, de la cadena comercial y, finalmente, del propio modelo de negocio.
Esta experiencia me ha llevado a pensar que una de las capacidades más valiosas del diseñador no consiste únicamente en imaginar mejores objetos, sino en comprender y reorganizar las condiciones que permiten hacerlos posibles.
En el post anterior escribí sobre la necesidad de combatir el pesimismo intelectual mediante una actitud de empuje, de lucha, de esa voluntad casi orgánica que nos lleva a sacar adelante los proyectos incluso cuando las circunstancias parecen estar en contra. Sigo creyendo profundamente en esa fuerza. Pero hoy creo necesario añadir algo: no siempre basta con empujar más fuerte; muchas veces necesitamos comprender mejor hacia dónde empujamos.
La voluntad sin conocimiento puede convertirse en obstinación, mientras que el conocimiento sin voluntad puede terminar siendo una justificación para no hacer nada.
El optimismo intelectual aparece cuando el análisis, lejos de paralizarnos, nos ofrece nuevas razones para actuar. Cuando descubrimos que una aparente desventaja puede convertirse en una oportunidad y que incluso una batalla tan desigual como competir contra la importación de muebles chinos puede ganarse, no necesariamente imitando la fuerza, sino encontrando una manera distinta de competir.
Todavía queda mucho por demostrar. Una estrategia prometedora no equivale a una victoria definitiva. Pero haber descubierto que existen posibilidades reales donde antes sólo veíamos limitaciones ya representa un cambio profundo en nuestra manera de diseñar.
Porque esto importa? porque creo las fabricas, las empresas, que crecen y que se fundamentan en un nuevo modelo de prosperidad compartida, pueden ser el motor para una sociedad más equilibrada, no tengo certeza que esto sea una solución única, seguro no lo es, pero me imagino cambios más rápidos, sistémicos y más profundos en la empresas que en el gobierno, y al final, al materilizar la idea, al materializar en un proyecto, trasladarlo en un beneficio colectivo, por lo menos el pensamiento no se queda en una idea esperanzadora, si no que realmente formamos un nuevo modelo que por si solo, puede multiplicarse y expandir su beneficio social.
