Y si fueramos ciegos?

Todo Enero estuve metido a fondo en el desarrollo de una nueva línea de reclinables. Son sillones que van a vivir en miles de salas, que se van a fabricar aquí, con manos de gente de Xonacatlán, de San Miguel Mimiapan, de Zolotepec, personas con las que convivo diario, en el pueblo que decidí moverme a vivir, dejando Polanco y la linda CDMX.

La idea es que dejemos de traer contenedores llenos desde China con Reclinables, y el trabajo no es nada glamoroso en apariencia: mecanismos, espumas, tolerancias, costos, tiempos de entrega, todo para que sea rentable hacerlo en México y sustituir decenas de miles de producto asiático. Diseño industrial en su versión más terrenal.

Y, sin embargo, mientras ajusto la inclinación de un respaldo o discuto el calibre de una estructura metálica, no dejo de pensar en algo que no tiene nada que ver con hojas de costos: ¿qué pasaría si yo fuera ciego?

No como un ejercicio literario, es un ejercicio práctico. A ratos cierro los ojos frente al prototipo y trato de entender el mueble sin verlo. Paso la mano por el brazo, por la costura, por la transición entre asiento y respaldo. Me obligo a no juzgar la silueta, a no pensar si “se ve ligero” o “se ve moderno”. Solo me pregunto: ¿se siente honesto?, ¿invita a quedarse?, ¿o empuja al cuerpo a levantarse pronto?

Diseñamos en una época obsesionada con la imagen. Esta misma semana es el Art Week en la Ciudad de México, y la ciudad se llena de objetos que parecen gritar para que alguien los mire cinco segundos y les tome una foto. Formas raras, materiales exóticos, discursos largos para justificar un mueble.

Ahí es donde aparece con más fuerza la idea del diseñador ciego. Uno que no ha visto tendencias, ni revistas, ni ferias. Alguien que no sabe qué color está “de moda” ni qué diseñador ganó el último premio. Ese diseñador imaginario no podría enamorarse de la forma por la forma. No tendría más remedio que empezar por el cuerpo.

Pensaría primero en el momento exacto en que una persona se deja caer. En ese segundo en que el peso baja de golpe y el mueble tiene que responder sin quejarse. Pensaría en la rodilla que duele, en la espalda que busca apoyo, en la mano que toca el brazo del sillón antes de descansar por un largo día.

Y pienso en los tapiceros que están todo el día trabajando aquí, ellos me gustaría que fueran mis clientes, que comprar este reclinable no signifique una inversión enorme, que el sillón pueda acompañarlos al final del día con una caguama viendo un partido del América, mientras sus pies descansan en alto, favoreciendo la circulación, y un soporte lumbar bien diseñado los recibe gentilmente.

Un Diseñador ciego escogería los materiales para él sillón, no con una paleta bonita, sino superficies con carácter. Una tela que raspa un poco sería un problema real, no un detalle menor. Una madera demasiado fría o un metal que vibra transmitirían desconfianza. No elegiría por tendencia, sino por cómo envejece algo sensorialmente después de miles de contactos, de sudor, de movimiento.

Y el color… tal vez quedaría en segundo plano. No porque no importe, sino porque no sería el punto de partida. Primero la experiencia, luego la apariencia. Primero cómo se siente vivir con el objeto, después cómo se ve en la foto.

Mientras afuera la ciudad celebra lo extraordinario, yo me encuentro defendiendo lo común. Un mueble que no busca ser pieza de galería, sino compañero de rutina. Algo que no quiere destacar en la sala, sino sostener silenciosamente la vida que pasa encima.

Pensar en diseñar como si fuera ciego me está sirviendo como una especie de brújula. Me obliga a bajar el volumen de la imagen y subir el de la experiencia. A recordar que este reclinable no se va a usar bajo las luces de una feria de arte, sino frente a una televisión, con un niño dormido encima, con alguien comiendo algo rápido después de un día largo.

Y empiezo a creer que hay algo profundamente valioso en eso. Que diseñar bien un objeto común, producido aquí, en Xonacatlán, pensado para durar y acompañar, puede ser un acto mucho más radical de lo que parece.

Porque al final, cuando nadie está tomando fotos y la semana del arte ya pasó, lo único que queda es el cuerpo buscando descanso.

Y para eso —más que ojos— lo que hace falta es atención.

Voy a ir al Art Week, obvio! quiero ver amigos, quiero ver arte, me la pasaré muy bien, y seguro habrán piezas que me conmuevan realmente, pero después nos iremos todos por unos pulques al centro.

Allá nos vemos!

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